2010: Arrietty y el mundo de los diminutos (Kari-gurashi no Arietti)

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Arrietty y el mundo de los diminutos (Kari-gurashi no Arietti)amazonNetflix

Hiromasa Yonebayashi.
ARRIETTY Y EL MUNDO DE LOS DIMINUTOS (KARI-GURASHI NO ARIETTI).
8/10

Categoría: Película.
Guion: Hayao Miyazaki y Keiko Niwa.
Año: 2010.
País: Japón.
Género: Fantasía, Aventura.
Técnica: 2D, Anime.
Estudio: Studio Ghibli; Walt Disney Studios (producción); Gainax, Madhouse, Nakamura Production, Nippon Animation, Studio 4°C, Tatsunoko Production, Gonzo (apoyo).
Idioma: Japonés.
Característica: Familia, Delicado, Adolescencia, Melancólico.
Duración: 1h 34min.
Clasificación por edades: NR-7.
Streaming: Netflix.

Hayao Miyazaki había anunciado una vez más su retiro tras concluir su último largometraje, en este caso, Ponyo en el acantilado (2008). De modo que en el siguiente proyecto que emprendió Studio Ghibli, el maestro de la animación figura únicamente en calidad de guionista y planificador de la producción -que no es poco, conociendo su perfeccionismo y atención al detalle-.

Arrietty y el mundo de los diminutos adapta la serie de novelas The Borrowers, de Mary Norton, fuente literaria en la que Miyazaki e Isao Takahata ya se fijaron en los 70, cuando empezaron a destacar con series de origen literario como Heidi (1974) o Marco, de los Apeninos a los Andes (1976).

El proyecto le fue encargado a Hiromasa Yonebayashi, que debutó como director tras haber sido animador en buena parte de las películas esenciales de Studio Ghibli desde mediados de los 90: La princesa Mononoke (1997), Mis vecinos los Yamada (1999), El viaje de Chihiro (2001), El castillo ambulante (2004) y Ponyo en el acantilado.

En ese momento quizá fue una sorpresa que realizase tan buen trabajo en su primer largometraje como director. Ahora nos parece lo más normal puesto que sabemos que es uno de los mejores cineastas de su generación en el ámbito de la animación: a este le siguieron los muy recomendables El recuerdo de Marnie (2014) y Mary y la flor de la bruja (2017).

Yonebayashi muestra aquí esa combinación de sensibilidad, imaginación y don para capturar la belleza que caracteriza las mejores obras de Studio Ghibli. Cualidades que también posee, como de costumbre, el guion que le entregó Miyazaki. Un libreto que recupera la sencillez de dos de sus películas más queridas, una de las iniciales, Mi vecino Totoro (1988), y la más reciente, Ponyo en el acantilado.

Sencillez que, una vez más, no está reñida con una extraordinaria profundidad emocional y una osadía temática inusual en las propuestas aptas para público infantil: aborda asuntos como la muerte, la enfermedad, la supervivencia en contextos difíciles, la necesidad de adaptarse… Sí hay algo de tristeza y de esa melancolía que impregna tantos pasajes de la filmografía de Studio Ghibli, pero el tono de la cinta es esperanzador y tan vitalista como su diminuta protagonista.

Por otra parte, reaparece aquí, y como aspecto central, una de las cuestiones más tratadas por Hayao Miyazaki: el paso de la niñez a la edad adulta. Esta vez no es uno sino dos los personajes recién entrados en la adolescencia que deberán asumir responsabilidades y decisiones poco habituales para su edad. Es más, el personaje masculino es presentado en el asiento trasero de un coche que se adentra en un entorno rural, como la protagonista de El viaje de Chihiro. La diferencia es que aquí la entrada a ese particular universo habitado por seres de pocos centímetros de estatura es un estrecho camino, no un túnel.

El guion de Miyazaki y Keiko Niwa y la dirección de Yonebayashi ahondan justamente en una de las principales virtudes del estudio: crear mundos ficticios con un enfoque realista. Nos obsequia también con dos secuencias muy buenas. La primera, cuando acompañamos a Arrietty en su incursión inaugural en la casa de los humanos. El trayecto está lleno de detalles ingeniosos, así que tiene uno la sensación de estar viendo una cultura centenaria. Pero es que cuando llegan a la cocina, la puesta en escena logra que veamos nuestro propio mundo a través los ojos de los diminutos, como si esa cocina fuera el escenario de una gran aventura, con montañas, valles y su propia arquitectura.

La segunda es la que ilustra el repentino cambio que se produce en el hogar de esos diminutos, que desde su perspectiva parece un terremoto. En fin, son solo dos ejemplos, porque abundan los pasajes particularmente conseguidos en Arrietty y el mundo de los diminutos. A veces incluso nos asombra solo con la estética de algún fondo, pero una animación brillante es lo que se espera siempre de uno de los mejores estudios.

Por cierto, esta es la quinta película de Studio Ghibli en la que un gato tiene un rol importante en la trama, tras Mi vecino Totoro (1988), Nicky, la aprendiz de bruja (1989), Susurros del corazón (1995) y, por supuesto, Haru en el reino de los gatos (2002).

Reseña Panorama
Puntuación
8
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