Entrevista a Adrián Encinas Salamanca

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Adrián Encinas Salamanca es una de las personas que más saben sobre stop motion -y animación en general-, cuya pasión por la técnica le lleva a seguir aprendiendo y a compartir sus descubrimientos, y que además resulta ser muy majo. Es uno de los grandes amigos de esta web y una de las razones de que exista.

Es el creador del blog Puppets & Clay, que por suerte para nosotros acaba de ser reactivado, autor de los muy recomendables libros ¡Bien hecho, Gromit! (Diábolo Ediciones, 2016) y Animando lo imposible (Diábolo Ediciones, 2017), y profesor de historia de la animación en el Máster de animación de la Universidad Politécnica de Valencia. En fin, podría seguir por sus méritos son muchos y muy variados, pero te haces una idea.

Con ese currículum y simpatía, es evidente que iba a entrevistarle tarde o temprano. En vista de las interesantísimas respuestas, me pregunto por qué no lo hice antes.

Empecemos por el principio de los tiempos: ¿qué animación te gustaba especialmente cuando eras pequeño?

En los primeros de mi vida devoraba la colección de VHS que cada Navidad o cumpleaños mis padres iban incrementando. Recuerdo ver con angustia Nimh, el mundo secreto de la Sra. Brisby (1982) y pasármelo muy bien con Dumbo (1941), El libro de la selva (1967), Robin Hood (1973). Y luego estaba la tele que, claro, era un invento maravilloso al que le dedicaba horas infinitas dado que, coincidiendo con la llegada de las cadenas privadas, la parrilla se llenó de animación: Delfi, Los Fruitis, Las tortugas ninja, Super Mario, Sonic, Chico Terremoto, La aldea del Arce, Bola de Dan, Dragon Ball, David el Gnomo, Spiderman

Y eso no fue nada, cuando en 1997 Canal Satélite Digital trajo a España el canal Cartoon Network… ¡eso sí que supuso una sobredosis de dibus! Mi hermano y yo nos veíamos todo, desde los cartoons clásicos de la Warner y las series de Hanna-Barbera de los sesenta y setenta, hasta las modernas y rompedoras El laboratorio de Dexter, Johnny Bravo, Vaca y Pollo, Las supernenas… ¡Nos flipaba toda esa amalgama de iconos pop! Recuerdo que hacíamos nuestros cómics y proyectos en los que mezclábamos todos esos personajes, sin preocuparnos nada del tema de las licencias. De muchas de estas series teníamos muñecos y entonces se nos ocurrió pedirle a nuestro abuelo que nos construyera un ring (un contrachapado, cuatro clavos gordos en las esquinas y gomas elásticas de clavo a clavo). Sin ser conscientes de ello, nos adelantamos a Celebrity Deathmatch.

¿En qué medida tu padre fue determinante para que desde bien joven te interesaras por el stop motion?

Absolutamente capital. A él le encanta el stop-motion desde que de joven viera las películas de Ray Harryhausen en los cines de Madrid. Que quisiera compartir esa pasión conmigo nos hizo unirnos mucho. Como veía que además yo también me entusiasmaba con las películas de Harryhausen y los cortometrajes de Aardman, que conseguimos ver por primera vez gracias al programa La Noche + Corta de Canal+, pues siempre andaba regalándome libros sobre el tema y llevándome al cine para seguir nutriendo esa pasión.

Aprecias animación realizada con multitud de técnicas, pero el stop motion parece ser, con diferencia, tu gran pasión. ¿Qué tiene esa animación fotograma a fotograma para que le hayas dedicado tantas horas?

Como bien dices, no le hago ascos a nada pues trato de ver todo tipo de cine. De hecho, me repugnan algunos críticos de cine que se destapan, casi con orgullo, diciendo que ellos nunca ven cine de animación, contribuyendo a ese estigma de la animación de ser cine “de segunda”, “para niños”, etc…

La animación stop-motion me fascina porque entronca directamente con mis recuerdos felices con mis padres y mi hermano, viendo películas como Simbad y la princesa o El imperio contraataca o jugando con las plastilina, creando formas imposibles y tratando de animarlas torpemente. Por mucho que conozca los pormenores de la técnica, me sigue alucinando lo que hacen las manos de artistas como César Díaz Meléndez, Pablo Llorens, Anna Solanas y Marc Riba, Sam, David Caballer, Asis Merino, Sonia Iglesias, Cristina Acuña, Carlos Padilla, Sergio Lara, Coke Riobóo… solo por mencionar a algunos artistas españoles del stop-motion con los que he tenido el gusto de hablar. Espero que esa fascinación no se aplaque nunca.

El 15 de enero de 2008 publicas el primer post de Puppets & Clay. Al final del mismo escribes: “por fin me he decidido a hacer este blog”. ¿Qué te impulsó a crearlo?

Las ganas de aportar algo al mundo de la animación stop-motion desde otra perspectiva.

Aroa Sánchez, que por entonces era mi novia y ahora es la madre de mis dos hijos, me comentó un día que en la universidad le habían enseñado a hacer un blog. Le pedí que me enseñase y de ahí surgió Encinarte, donde mi hermano y yo fuimos colgando los trabajos de “arte” que íbamos realizando: cómics, maquetas, pequeñas animaciones… Ese blog me sirvió para foguearme en el terreno de la publicación digital, así que en poco tiempo y, detectando que no había en idioma español nada parecido (mi referente por entonces era las webs estadounidenses Animate Clay de Marc Spess y Stop Motion Works de Lionel Ivan Orozco), me lancé a la creación de Puppets & Clay.

¿Qué es lo que recuerdas con más cariño del fanzine que lleva el nombre del blog? ¿Habrá séptimo número?

Lo mejor, sin duda alguna, fue el apoyo que tuve de los colaboradores, tanto los que aportaban textos, imágenes, el trabajo de maquetación, las portadas… ¡como de su infinito apoyo moral! La verdad es que hoy miro los fanzines que sacamos entonces y me quedo bastante alucinado con lo que molan. Sé que está fatal que yo lo diga, pero es que fue un curro tan colaborativo que, como no lo considero tan propio como mis ensayos posteriores, creo me permite decirlo sin ruborizarme lo más mínimo.

Creo que el fanzine Puppet & Clay llegó el momento perfecto de la segunda ola de fanzines que estamos todavía viviendo en nuestro país, gracias, sobre todo, al buen efecto que suponen las redes sociales para su difusión. Sin embargo, siempre me ponía nervioso cada vez que arriesgaba el dinero de la impresión… Mis expectativas siempre eran superadas, hasta el punto que del segundo número, el dedicado a Aardman, sacamos una segunda tirada.

Recuerdo que cuando este número salió, los integrantes del estudio Citoplasmas me criticaron que hablara de un estudio tan conocido. Lo veían como una oportunidad perdida para mostrar el trabajo de otros estudios y profesionales que necesitaban mucho más un altavoz. Aquello me sentó francamente mal en su día, dado que eso ya lo hacía continuamente en el blog y pensaba que con el fanzine tenía que ir asegurando un poco el terreno en lo económico si quería que el proyecto tuviera cierta continuidad. Pero lo cierto es que con el paso del tiempo fui teniendo más en cuenta esa crítica y me arriesgué, dedicando un número a un estudio tan poco conocido, pero no por ello menos alucinante, como es Screen Novelties; así como otro a una subtécnica del stop-motion tan peculiar como es la de los brick-films, es decir, la de las películas de animación realizadas en stop-motion utilizando exclusivamente (o casi) piezas de Lego.

Saqué finalmente seis números, el último dedicado al Stop Motion Barcelona Short Film Festival, un evento alucinante que ojalá fuera retomado. ¡En este número lo dimos todo, imprimiendo incluso a color! Eso me obligó a subir el precio y, por ello, fue uno de los números que más me costó vender; aunque lo cierto es que a día de hoy está completamente agotado (de hecho, solo me quedan algunos ejemplares del número cuarto).

De momento, no me planteo publicar más números del fanzine.

Llegamos a ¡Bien hecho, Gromit!, tu primer libro. ¿Por qué quisiste centrarte en Aardman?

A principios del año 2015 me puse en contacto con la editorial Diábolo Ediciones porque habían sacado varios libros interesantes relacionados con el cine de animación, y me apetecía promocionarlos en el blog. Lorenzo Pascual, el hombre detrás de la marca editorial, me envió ejemplares de los libros y, tras leerlos y analizarlos en el blog, me envalentoné y le volví a escribir un email con varias propuestas de ensayo. Entre estas propuestas estaba un recorrido concienzudo por el estudio Aardman, que puse en primer lugar de la lista principalmente por dos motivos:

  • Ese año cumplían 40 años, por lo que era momento ideal para hacer un recorrido con algo de perspectiva.
  • En nuestro país, no se había publicado ningún texto que ocupase más de 3-4 páginas.
  • Es mi estudio favorito, desde que mi padre tuvo la suerte de ganar unas entradas en Canal+ para acudir al preestreno del largometraje contenedor Wallace & Gromit y sus amigos, celebrado en un cine del centro de Madrid allá por 1996.

La verdad es que me tiré un triple, pues no me veía capacitado para llevar a cabo la tarea de investigación y rigor que suponer realizar un ensayo en condiciones –sí, que el mercado está lleno de morralla, de esa cuyo único fin es poner en bonito la información de Wikipedia. Para mí era un sueño casi inalcanzable, puesto que no era (y tampoco soy a día de hoy) ni periodista ni animador, de hecho mi pasión hacia este mundo artístico, en calidad de analista y espectador, se produce claramente como una vía de escape de la presión y corporativismo gris que impresa en el trabajo de oficina.

Para mi sorpresa, Lorenzo dio luz verde al proyecto de Aardman y me puse a trabajar en la búsqueda de información que aportase algo diferente a lo que ya se había escrito sobre ellos, tanto en España como en el resto del globo.

Han pasado ya cinco años desde entonces. ¿Qué te parece la evolución del estudio de Bristol en este último lustro?

Un tanto errática. Aardman Animations es un estudio de un talento que supera la excelencia, pero necesita de un socio potente detrás que le motive a sacar lo mejor de sí mismo. Así lo demuestran los momentos álgidos del estudio, tanto cuando la BBC les financió los dos cortometrajes Los pantalones equivocados (1993) y Un esquilado apurado (1995), con los que Wallace y Gromit ganaron sus dos primeros Oscars; como cuando Dreamworks les incentivó a sacar los largometrajes Chicken Run (2000) y Wallace y Gromit en la Maldición de las verduras (2005), logrando un impacto en taquilla que raras veces han repetido en el futuro otros largometrajes de stop-motion.

En sus etapas posteriores, al abrigo de Sony y Studio Canal, su impacto en la industria y en los espectadores ha sido menor. No obstante, yo estoy muy ilusionado dado que ahora su socio principal es Netflix y, seguramente, los estrenos de Robin Robin y de Chicken Run 2 supondrán un pelotazo que les hará situarse, de nuevo, en el lugar privilegiado de la industria que les corresponde.

Un año después se edita tu segundo libro, Animando lo imposible. ¿Qué fue lo que más disfrutaste del proceso de documentación?

Tener la excusa para comprar y leer un montón de ensayos sobre la historia del medio que tenía pendientes, ese fue el primer gran disfrute. A partir de los datos que me aportaron estas fuentes, fui construyendo la historia del medio, dándome a veces de bruces con incongruencias u omisiones que tuve la oportunidad de corregir.

Me influyó mucho el libro They Thought it was a Marvel; Arthur Melbourne-Cooper (1874-1961); Pioneer of Puppet Animation (Tjitte de Viries & Ati Mul, Amsterdam University Press, 2009) dado que los autores planteaban muy seriamente que Arthur Melbourne-Cooper era el primer cineasta conocido que había utilizado la stop-motion en 1899 en el cortometraje de propaganda bélica Matches: An Appeal. A partir de esa fecha fui armando todo el proyecto, al tiempo que rebatía que Méliès no fue el primero en utilizar la técnica como tampoco los fueron James Stuart Blackton y Albert Smith ni Segundo de Chomón, como se ha venido repitiendo desde hace décadas en libros publicados por franceses, estadounidenses y españoles, respectivamente.

Aproveche también la oportunidad para aportar algo más de información, de la que ya había descubierto el gran investigador Emilio de la Rosa, sobre los primeros años de la stop-motion en nuestro país. Llegué a buscar obsesivamente a los descendientes de los principales autores de esos primeros años: Adolfo Aznar (autor del cortometraje maldito Pipo y Pipa en busca de Cocolín), Arturo Beringola y Feliciano Pérez (autores del desparecido El intrépido Raúl) y Salvador Gijón (el único que logró generar una trayectoria fílmica importante a base de animar muñecos fotograma a fotograma en la España franquista). ¡Y la suerte quiso que diera con la hija de Salvador! María Rosa me abrió las puertas de su casa, me regaló gran parte del archivo fotográfico de su padre (fotos de detrás de las cámaras inéditas que utilicé para ilustrar algunas páginas de mi ensayo) y me contó cómo su padre levantó con mucho esfuerzo sus películas, gracias al apoyo y trabajo de todos los miembros de su familia.

Asimismo, gracias a la labor de investigación pude descubrir la obra de artistas y animadores que habían pasado completamente inadvertidos para mí hasta ese momento, tales como los films de siluetas Charles Armstrong, las animaciones en plastilina de Helena Smith Dayton o las películas de la rama industrial que animó Frank Goldman para Jam Handy Organization.

El recorrido por el stop motion del libro concluye en 1945. ¿Tienes en mente escribir un segundo volumen?

¡Claro! De hecho mi editor lo primero que me pregunta cuando nos vemos tomando un refrigerio es cómo llevo la segunda parte. Pero, lo cierto es que acabé tan agotado de la labor de investigación de la primera parte que, desde entonces he ido avanzando con la segunda pero a un ritmo mucho más lento. No porque no quiera sacar un libro al año -¡me encantaría!- sino porque quiero que el libro tenga, al menos, el mismo rigor que la primera parte; y en este segundo periodo (que irá de 1945 a 1989; desde el final de la II Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín) la cantidad de artistas que trabajaron la stop-motion a un lado y otro die mauer es prácticamente inabarcable.

¿Qué te parece el panorama editorial español en lo que a publicaciones sobre animación respecta?

Estamos en un momento dulce en cuanto a cantidad. Todos los años aparecen una decena de publicaciones nuevas, lo que es una suerte para los aficionados a acumular libros sobre la materia; no así para nuestros bolsillos y estanterías. Si ya entramos en el terreno de la calidad, pues ahí creo que el nivel general está más bajo que cuando en España eran los festivales como Animateruel, Animadrid o Sitges quienes mantenían saciadas las ansias de conocimiento sobre el cine animado.

No obstante, algunos libros publicados en España en los últimos dos años son auténticas joyas. Ahí va una selección:

  • Toda una vida para recordar, de Núria Pradas (Planeta, 2020).
  • Gainax y Hideaki Anno, la historia de los creadores de Evangelion, de David Heredia Pitarch (Diábolo Ediciones, 2019).
  • ¿Cómo no se nos ocurrió antes?, una aventura por los avances de la animación, de Juan José Zanoletty (Yeray Ediciones, 2019).
  • La imaginación tangible, una historia esencial del cine de animación, de Jordi Sánchez-Navarro (Editorial UOC, 2020).
  • Springfield Confidential, de Mike Reiss y Mathew Klickstein (Roca Editorial, 2019).
  • Walt Disney’s Mickey Mouse: The Ultimate History, de Daniel Kothenschulte (ed.) (Taschen, 2020).

Das clases de historia de la animación en el Máster de animación de la Universidad Politécnica de Valencia. ¿Qué es lo que más te gusta de esas clases?

Me encanta que los alumnos participen en ellas. Me encanta cuando relacionan lo que estamos viendo con conocimientos que ellos traen de casa: otra producción, otro autor, otra animadora, etc… La asignatura se da de forma intensiva a lo largo de una semana, por lo que primo mucho en mis clases la presencia de vídeos y la participación. Lo importante es que nos lo pasemos bien. Si además aprendemos algo, pues mejor que mejor.

La oportunidad de dar esta asignatura me llegó por una chiripa del destino. El anterior profesor que impartía la asignatura era el reputado crítico cinematográfico Jordi Costa, pero en 2019 le ofrecieron la oportunidad de ser el director de exposiciones del CCCB, lo que le obligó a tener que dedicarse plenamente a ello y dejar, por lo tanto, su sección en El País, sus colaboraciones con Historia de nuestro cine, el curso de crítica de cine de la Escuela de escritores de Madrid (donde justamente ese año yo era uno de sus alumnos) y la asignatura de Teoría e historia de la animación en el Máster de animación de la Universidad Politécnica de Valencia.

Ese verano revisando por la red los ensayos sobre animación publicados en los últimos años, descubrí uno que me faltaba, el titulado Mantener alejado del alcance de los niños, animación para adultos, que recoge ensayos de diferentes conocedores del medio. El libro fue coordinado por Miguel Vidal, a quien conocía por haber estado vendiendo fanzines en el 3D Wire años atrás. Le mandé un mensaje por WhatsApp preguntándole por la posibilidad de que comprarle directamente un libro, siempre y cuando me lo dedicara. Me llamó al poco rato y me dijo que contase con el libro, pero que tendría que recogerlo en Valencia cuando fuera a dar las clases de la asignatura de Teoría e historia de la animación. La verdad es que pensé que estaba de coña, pero no.

¿Por qué te parece importante que los estudiantes de animación conozcan bien la historia del medio?

Ser un buen animador no depende de tu conocimiento de la historia del medio, pero sí que creo que tener una idea básica de su evolución a lo largo de la historia te puede ayudar a encontrar más rápido tu camino, ya sea por divergir de lo ya creado o por dejarte llevar por una corriente del presente o del pasado con la que te identifiques. En mis clases no pretendo que los alumnos conozcan toda la historia de la animación, pues sería una entelequia (de hecho yo mismo sigo aprendiendo cosas nuevas cada día), sino que brote en ellos un interés por descubrir lo que hay más allá de los estudios puramente comerciales.

¿Qué artistas, estudios o corriente del stop motion contemporáneo te interesa más o sigues más detenidamente?

Desde hace años sigo con mucho interés lo que hace la escuela valenciana, con Pablo Llorens, Sam y Javier Tostado a la cabeza, seguidos de cerca por otros estudios relativamente nuevos como Pangur, Colectivo Engranaje, Hiru Animation, TV On Producciones, etc. Además me encanta el stop-motion que hacen en América Latina, donde hay auténticos genios como el argentino Juan Pablo Zaramella, el uruguayo Walter Tournier o los siete magníficos mexicanos (Karla Castañeda, Luis Téllez, Rita Basulto, Juan José Medina, Sofía Carrillo, León Fernández y René Castillo). Miro también de cerca las producciones más comerciales venidas desde Brístol (Aardman), Portland (Laika), Burbanks (Stoopid Buddy Stoodios), Tokyo (Dwarf) o Mechelen (Beast Animation); de estudios de animación más independientes como I+G Stop Motion, Cuppa Coffee Studios o PEDRI Animation BV;  así como de youtubers de la talla de Lee Hardcastle o Guldies.

Finalmente, ¿puedes adelantarnos algún proyecto que tengas entre manos?

Además de la cocción lenta de Animando lo imposible 2, estoy recopilando información en paralelo sobre un animador de los inicios de la industria estadounidense que me fascina; rebuscando en periódicos digitalizados de principios del siglo pasado, hablando con bibliotecas del otro lado del charco, filmotecas de aquí y allá,… La verdad es que me lo estoy pasando en grande con el proceso de documentación; espero que de ahí salga un ensayo que merezca la pena colocar al lado del retrete o debajo de una de las patas de la mesa del salón. En paralelo estoy buscando una editorial que pueda estar interesada en el proyecto, pero no descarto volver al arduo y tremendamente satisfactorio terreno de la autoedición.

¡Ah! Y viendo la fenomenal acogida que tuvo la entrevista que subía a la model maker Sofía Serrano en el blog de Puppets & Clay, donde hacía que no publicaba desde hacía muchos meses, he decidido retomarlo con frecuencia semanal. Todos los jueves os espero por allí para hablar de la técnica más fascinante del espectro animado.

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2 Comentarios

  1. Felicidades por la entrevista. Yo espero con ilusión que Adrián publique algún día la continuación de «Animando lo imposible». Es un libro excelente para dar clase con él.

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