Un corto esencial, por María Lorenzo Hernández

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María Lorenzo Hernández es la autora de algunos de los mejores cortometrajes de las dos primeras décadas del siglo XXI, obras tan interesantes como Retrato de D. (2004), La nit de l’oceà (2015) o Impromptu (2017). Le hemos pedido que elija un corto que le parezca esencial y opta por la obra maestra El hombre que plantaba árboles (1987), dirigido por Frédéric Back, ganador en los Premios Oscar 1987 en la categoría de Mejor cortometraje de animación.

Le cedemos la palabra:

Lo elijo porque…: cuando TVE era de verdad un ente público, allá por 1987, tuvieron a bien programar este corto con subtítulos o doblaje en castellano (no recuerdo bien), de forma que la historia era totalmente accesible para los que así la vimos, incluso siendo niños pequeños. En los 80 se podía ver muy buena animación en televisión, muy variada, no solo las típicas series para vender productos Mattel justo después de ver a Espinete por las tardes, sino también producciones muy interesantes de la Europa del Este; por no hablar de los excelentes vídeos musicales de animación. Pero El hombre que plantaba árboles era una historia totalmente diferente. Conmovía. Sobrecogía. Inspiraba. Lo elijo porque, seguramente, si no hubiera visto este corto, no sería animadora.

Es esencial porque…: Sus valores visuales y narrativos son innegables y abrieron camino para un tipo de animación diferente, más artística y rica, diferente a todo lo que habíamos visto. Es un trabajo pionero, efectuado con una perfecta animación y dibujo. Es un trabajo que intimida, y creo que solo Alexander Petrov, con sus impresionantes películas de animación al óleo bajo cámara, se ha acercado al espíritu de Frédéric Back. A fin de cuentas, Back, con sus decenas de miles de dibujos, es como ese héroe silencioso, Elzeard Bouffier, el hombre que planta árboles, cada vez más lejos, cada vez más cantidad, sin garantías de éxito en su empresa pero convencido de que, una vez puesto a trabajar, hay posibilidades de cambiar las cosas.

Añado una anécdota: cuando Frédéric Back ganó el Oscar® por esta película, apareció en el Telediario (sí, antes también pasaban esas cosas) su breve discurso de agradecimiento. Llevaba un llamativo parche en el ojo y a mi madre le faltó tiempo para hacer el comentario de marras: “como el hombre se fue a plantar árboles, se pinchó el ojo con una rama”. ¡Todo mal, mamá! Pero saco el tema porque la broma de mal gusto contenía dos verdades: una, sí, el hombre plantaba árboles. Frédéric Back ya se dedicaba a plantar árboles por su cuenta, en su finca de Montreal, cuando llegó a sus manos el relato original de Jean Giono, por lo que la ficción encontró a la realidad — que luego volvió a convertirse en ficción animada; dos, también, Frédéric Back perdió la visión en ese ojo por culpa de un accidente, pero fue en su estudio, entre cuatro paredes, cuando le alcanzó una ráfaga del fijador que usaba para que no se estropeasen los dibujos de su anterior corto, Crack! (1980). Lo sorprendente es que, con un solo ojo, aún fuese capaz de realizar sus dos cortometrajes más formidables, ya que El río de las grandes aguas tampoco se queda atrás, es bellísimo.

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